LA JOVEN TORERÍA NAVARRA SIENTA CÁTEDRA EN LA UNIVERSIDAD PÚBLICA

De izda. a dcha., Javier Marín, Francisco Marco, Sergio Sánchez, Roberto Armendáriz y Antonio Catalán 'Toñete'.

De izda. a dcha., Javier Marín, Francisco Marco, Sergio Sánchez, Roberto Armendáriz y Antonio Catalán ‘Toñete’.

Sergio Sánchez, Francisco Marco, Roberto Armendáriz, Javier Marín y Toñete rememoraron sus primeros pasos toreros.

Aunque alguno estaba más nervioso que cuando se viste de luces, una nutrida representación de la torería navarra –sólo faltaron Javier Antón y Francisco Expósito-, hizo el paseíllo ayer en la Sala de Grados de la Universidad Pública de Navarra para recordar cómo fueron sus primeros pasos en el toreo, en un acto que puso fin a la primera sesión de las IX Jornadas sobre el Ganado de Lidia, que fueron inauguradas por la presidenta de Navarra, Yolanda Barcina, la vicerrectora de Estudiantes, Paloma Virseda, y por los catedráticos Antonio Purroy y Carlos Buxadé, directores de estas jornadas taurinas.

De la templada mano del veterano matador Sergio Sánchez, cuatro toreros navarros fueron desgranando, por orden de antigüedad -como mandan los cánones-, sus comienzos en el muy difícil mundo del toreo.

Rompió plaza el propio matador de toros de Cintruénigo, que ya hace nada menos que quince años que colgó traje de luces. Aseguró que su afición llegó de la mano de sus padres. “De la mano de ellos fui conociendo, comprendiendo y enamorándome poco a poco de este mundo tan fascinante. Ellos fueron los que me empezaron a llevar a todos los festejos, encierros, capeas, novilladas y, sobre todo, a las corridas de toros”.

El espada cirbonero se sintió orgulloso de su tierra y aseguró que uno de los factores más positivo de este mundo son los valores que te aporta. “Ser torero es una filosofía de vida que te aporta esfuerzo, sacrificio, mentalización, disciplina, compañerismo, honradez… una serie de valores que te forman como persona”.

Sánchez cedió los trastos de la palabra a Francisco Marco, quien reconoció que su afición le vino dada por su padre, Félix Marco, que fue novillero. “Siempre se empieza en el toreo como si de un juego se tratase, pero enseguida ves que, de juego, nada. Se trata de una profesión dura y difícil pero también muy gratificante.

El diestro estellés, que lleva ya quince años como matador de toros, aseguró que, pese al tiempo pasado, todavía tenía mucho que aprender. “El toreo me ha hecho un hombre, formado a base de esfuerzo y tesón, que se siente orgulloso de haber nacido en Navarra y haber elegido esta profesión. Y, pese al tiempo pasado, tengo el deber de seguir luchando por mi sueño”.

El toreo a pie dejó paso por unos momentos al de a caballo, representado por Roberto Armendáriz, llamado a ser figura, un joven de Noain que nació entre caballos. “No recuerdo ningún momento de mi vida sin el caballo. No sé por qué pero desde pequeño quería ser rejoneador. Y ya de chaval me puse en manos de Ángel Equísoain, con el que aprendí lo elemental para poder placearme y, años después, en las de Pablo Hermoso de Mendoza, en las mejores para depurar la técnica”.

Armendáriz mostró asimismo su orgullo por haber nacido en esta tierra. “El ser navarro ha sido determinante en mi profesión; primero, por tener una feria, la de Pamplona, que me lo ha dado todo; pero, además, porque todas las localidades navarras que ofrecen festejos me han ayudado mucho. Me siento un privilegiado. Quiero dar las gracias a todos los que me han ayudado y, especialmente, a Navarra”.

Seguidamente, le tocó el turno a Javier Marín, novillero con picadores, también de Cintruénigo, que compagina el toreo con sus estudios universitarios en Madrid. El joven cirbonero afirmó que el inicio de su afición estuvo en los festejos populares y que, pese a su pasión por el fútbol, llegó un momento que sintió que le faltaba algo sin el toreo. “Un día me puse en contacto con Sergio Sánchez, cogí una muleta y le pegué unos pases a una becerra. Tuve muy buenas sensaciones y tiré para adelante, hasta hoy”.

Por último, al más joven de la terna, Antonio Catalán “Toñete”, hijo del conocido empresario corellano, se le vio muy suelto y con buena expresión. “Me aficioné, pese a mis padres, viendo una corrida de rejones en televisión. Después, ellos me regalaron un capote y una muleta. Y así he seguido toreando con la ayuda fundamental del maestro Ángel Gómez Escorial. Por mi familia, no necesitaba el toreo para poder vivir, para salir adelante. Pero, por ello, si estoy en este mundo, es para ser algún día el mejor”.

La sesión se cerró con una cálida ovación a los toreros, que merecieron salir de la UPNA a hombros, en loor de multitudes.

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