LOS SEIS TOROS DE ADOLFO MARTÍN RUBRICAN UNA TARDE PARA OLVIDAR

Escribano se lució con los rehieltes, sobre todo con un par al quiebro hacia los adentros.

Escribano se lució con los rehieltes, sobre todo con un par al quiebro hacia los adentros.

La corrida llegada desde Escurial, muy bien presentada, acusó falta de raza y resultó completamente deslucida.

Ganado: Seis toros de Adolfo Martín, cinqueños tres de ellos -primero, tercero y quinto-, bien presentados, parejos, muy armados pero faltos de raza, complicados, deslucidos, carentes de contenido; el quinto fue pitado en el arrastre; en definitiva, una mala corrida de toros.

Diestros. Diego Urdiales: silencio en ambos. Manuel Escribano: silencio tras aviso y silencio. Alberto Aguilar: silencio en ambos.

Presidencia: A cargo de Iñaki Cabasés, asesorado por Rosa Loranca y Fernando Moreno, cumplió bien su cometido, pasó desapercibida.

Incidencias: Lleno aparente. Tarde nublada y agradable. En la enfermería, sin novedad; pudo merendar (tomates y cordero al chilindón).

Duele tener que decirlo, pero el buen ganadero que es Adolfo Martín pegó ayer un verdadero petardo. Uno tras otro, los seis toros no sirvieron, resultaron malos y deslucieron la tarde.

A favor del criador de bravo queda la esmerada presentación de la materia prima, su comportamiento en el peto, que no pasó de cumplir, y su toreabilidad de capa. A partir de ahí, nada; ni raza ni casta.

Varios de ellos resultaron complicados; otro, como el quinto, tuvieron peligro sordo, no pasaron y se revolvieron con agilidad, con listeza; y sólo el tercero y el cuarto se dejaron hacer por el pitón izquierdo; embistieron al paso con sosería, sin transmisión alguna.

Seis silencios

En tales condiciones, el lucimiento de la mano de obra resultó imposible. Los tres diestros lo intentaron, unos más que otros, pero todo fue inútil.

Eso sí, es igualmente cierto que la terna debió matar mejor a sus oponentes, ya que no se vio una estocada en toda la tediosa tarde. Los sucesivos pinchazos prolongaron el aburrimiento y el festejo se hizo demasiado largo.

En estas circunstancias, quien mejor imagen dejó fue Manuel Escribano, quien no sólo derrochó valentía sino que, en determinados episodios, se mostró osado hasta el límite y llegó a poner los pelos de punta. El sevillano buscó el triunfo, imposible, durante toda la tarde. Totalmente entregado, conectó con los tendidos ante sus dos toros, a los que recibió a portagayola. A su primero además le pegó una larga cambiada, varias verónicas y se lució en un quite por chicuelinas. Continuó manteniendo el interés con los rehiletes, sobre todo, con un par al quiebro por los adentros, que repitió frente al quinto.

Pero el panorama cambió con la muleta. Se la jugó abiertamente, ante un toro que se frenaba por el derecho y se revolvía enseguida, buscando, por el otro pitón. El de Gerena, que estuvo siempre en la cara del astado, sólo pudo robar muletazos de mérito, carentes de lucimiento.

El quinto, con peligro sordo, fue peor pues ni pasó en la muleta. Antes, había logrado saltar la barrera; como para desesperar al más paciente.

Por otro lado, a ambos los pinchó con el estoque, por lo que el público sólo pudo guardar silencio.

Voluntad

Urdiales, asimismo, tuvo un lote sin opción alguna de triunfo, de lucimiento, de toreo. Su primero, siempre defendiéndose, se revolvía con agilidad por ambos pitones. Resultó imposible y únicamente logró pegarle muletazos sueltos.

El cuarto se dejó hacer por el pitón izquierdo, pero con sosería, sin transmisión alguna. El riojano le sacó todos los naturales posibles tirando de oficio.

Pese a esta mala materia prima, el de Arnedo debió utilizar mejor la espada; pinchó demasiado, sobre todo frente al primero.

Valor

Por último, Alberto Aguilar derrochó voluntad; poco más. Dio la cara y le sacó al tercero, sin ligazón alguna porque era imposible, un buen puñado de valientes naturales. Permitió que al sexto le zurrarán duro en dos encuentros con los montados y a la muleta llegó completamente descompuesto. El madrileño le dio la única lidia que tenía, un macheteo por la cara y a matar, suerte en la que tampoco estuvo brillante.

Ya sólo queda la tarde de Miura, la última de esperanza.

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