MUCHO RUIDO Y BASTANTES NUECES EN LOS 175 AÑOS DE LA PLAZA DE CORELLA

Morante toreó al cuarto por delantales.

Morante dejó destellos de su personal e incomparable estilo y De Justo y Adame salieron a hombros bajo una plaza prácticamente llena. Reportaje fotográfico: Alberto Arelizalde.

Ganado: Seis toros de Francisco Galache, justos de presencia, terciados la mayoría, anovillado el tercero, blandos en conjunto y de juego dispar pero en tono decepcionante. Los mejores, los dos primeros, por su nobleza y fijeza. El resto, deslucido, sin clase y distraído, salvo el soso quinto. Se esperaba más de este encierro.

Toreros: Morante de la Puebla (oreja y saludos tras aviso), Emilio de Justo (saludos tras aviso y dos orejas) y Joselito Adame (oreja tras aviso y oreja).

Presidencia: A cargo de del alcalde de la ciudad, Gorka García Izal, asesorado por Gregorio Madurga y el veterinario Mendaza, mal por regalar en el quinto una puerta grande; por lo demás, correcta y atenta.

Incidencias: Casi lleno. Tarde agradable con rachas de viento y momentos de leve lluvia, que pasó a noche fresca. Corrida de toros conmemorativa de los 175 años de la plaza de toros, fundada en 1847. Finalizado el paseíllo, cada diestro fue agasajado por la peña Gracurris con una imagen de San Miguel, un estuche de vino y un ejemplar de la Historia de la plaza de toros de Corella, de Ramón Villanueva. Saludaron montera en mano Víctor Mora, Tomás López y, en dos ocasiones, Fernando Sánchez, banderilleros de Adame. Éste y De Justo salieron a hombros. Una curiosidad: Morante de la Puebla hizo el paseíllo descubierto, pese a que ya había toreado en Corella; lo hizo en 2001, en compañía de dos grandes de aquella época: Eugenio de Mora y Francisco Marco.

Todo, más bien casi todo salió a pedir boca para conmemorar tan importante efeméride taurina. La plaza, prácticamente llena; la empresa ganó dinero, que, como todo empresa, para eso está. Los tres diestros mostraron buena disposición y ganas de triunfo, lo que siempre es de agradecer. El público, con ganas de fiesta, se divirtió, factor necesario para mantener, e incluso incrementar, el número de aficionados. Ayer los hubo navarros, riojanos, aragoneses y franceses, que siguen siendo ejemplo de afición a apasionante fiesta.

Pero también hubo un factor decepcionante, el del ganado, por su pobre presencia y por su escaso juego. Fueron toros terciados y el tercero, anovillado pero sin picadores; vamos, que tuvo hechuras de eral. Además, varios lucieron pobres caras y en conjunto resultaron blandos. Respecto al juego, los dos primeros hicieron pensar en un interesante encierro, por su nobleza, por su fijeza, por su dócil repetición. Sin embargo, el resto no dio opciones de triunfo, incluido ese soso quinto, en el que el matador se pasó de faena en busca de un trofeo, que el palco convirtió en dos.

Respecto a la mano de obra, el mayor atractivo no era otro que Morante de la Puebla. Llegó al patio de caballos fumando un cohiba y Ramón Calderón, empresario y ex presidente del Real Madrid –casado con navarra, si no me equivoco- le soltó una funda con otros tres. Se le vio tranquilo al sevillano y con ganas de saludar. Llegó pasados los quince minutos de antelación, por lo que, quizá, sea propuesto para sanción por la autoridad foral. Aunque esto le da igual al de la Puebla, no le importa.

Abrió plaza Mosquero, un toro negro, bragado corrido, que le permitió al sevillano lucirse a la verónica. Las hubo superiores, buenas y normales; daba igual; todas se jalearon; el público estaba radicalmente con él. En el último tercio, a la faena le faltó ligazón y continuidad. Dibujó varios naturales, pero sólo uno de escándalo. Fue desarmado y se dejó enganchar el engaño en varias ocasiones. Pese a ello, puso voluntad, algún destello de su estilo y no se rindió. Cobró una oreja con justicia.

El colorado cuarto, Gamberrero, pese a su brusquedad, le permitió expresarse mejor y ejecutar más pases de su firma. Primero, por verónicas con su capotito y por delantales. Después, naturales varios y series de mandones derechazos. Además, regaló algún trincherazo de cartel. Estuvo en todo momento por encima del toro. Se acercó a la  puerta grande pero pinchó a la hora de matar y por ahí se le esfumó el triunfo grande.

Emilio de Justo realizó la mejor faena de la tarde ante el segundo, Gamberrino, otro negro, bragado y corrido que creó dudas de salida cuando se estrelló contra un burladero y pareció que había quedado descoordinado tras el violento choque. No fue así. Se recuperó y embistió noble, alegre y pronto. Lo toreó sobre todo con la diestra, en series de muletazos templados, largos, con quietud e incluso bajando la mano y barriendo la arena al final. La pena fue que falló al matar y se quedó, por ello, sin premio.

Buscó ese premio, ese trofeo frente al quinto, Colito, un berrendo en colorado tan noble como soso. Y lo buscó tanto que se pasó de faena. Trasteo largo, con muchos muletazos pero vacíos de contenido. Y cumplió su objetivo tras una estocada hasta la bola. Se le premió inicialmente con una oreja pero el presidente sacó luego el segundo pañuelo y le regaló al extremeño la puerta grande.

Joselito Adame, por último, al igual que el ganado, defraudó. Y eso que cuajó de capa a los de su lote, como buen mexicano. Pero con la muleta fue otro cantar. Su primero, el tercero, Gandote, berrendo en negro, tuvo hechuras de eral, avanzado eso sí. Carente del mejor resquicio de clase, no terminaba de pasar en los muletazos. El americano, vistas las dificultades, se fue acercando a los tendidos de sol, se hizo con ellos, que lo vitorearon, y allí dio pases por alto, ninguno como mandan los cánones, con poca verdad pero el efecto le sirvió; estocada y oreja soleada con muy poco toreo.

Y, a diferencia del anterior, el sexto, Gandillito, negro listón, fue el más cuajado del encierro, el más pesado, aunque con unos pitones que ni para un llavero. Resultó bastante parado y sólo quería el calor de las tablas. Unos muletazos aquí, otros allá, y conquistada la juventud de sol, cobró una oreja, la que le hacía falta para acompañar a hombros a Emilio de Justo. Mientras, el más esperado abandonó el centenario coso a pie, satisfecho de lo que había realizado. Y así todos tan contentos.

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