
Derechazo de mano baja de Expósito al toro de la alternativa.
El pamplonés triunfa en su alternativa dejando un reguero de toreo caro para la historia taurina de Sangüesa. Reportaje fotográfico: Alberto Arelizalde.
Ganado: Tres de Toros de la Plata y otros tres de Herederos de Antonio Ordóñez Araujo, bien presentados, con su cara, bravos en varas, y nobles, con movilidad, muy toreables, salvo el deslucido quinto. Fueron aplaudidos en el arrastre el primero, el segundo y el sexto.
Toreros: Eugenio de Mora (oreja y silencio), Oliva Soto (silencio en ambos) y Francisco Expósito (oreja en ambos).
Presidencia: A cargo de Lucía Echegoyen, asesorada por Santiago Guallar y por el veterinario Javier Martínez, cumplió perfectamente su cometido,
Incidencias: Tres cuartos de plaza. Tarde nublada, amenazando tormenta. Primera de abono. Ante la presencia de Oliva Soto, Francisco Expósito tomó la alternativa vestido de rosa y oro de manos de Eugenio de Mora, quien le cedió la muerte del toro Testarudo, número 19, negro, marcado con el hierro de Herederos de Antonio Ordóñez. Lo brindó a su padre y el sexto, a su esposa, Patricia Escribano. El toricantano salió a hombros.
Tenía Manuel los ojos llenos de lágrimas cuando todo el mundo estaba alegre a la muerte del primer toro. Lloraba discretamente, con emoción, cuando vio pasar a su padre dando la vuelta al ruedo con la oreja cortada a ley del toro de su alternativa.
Porque Manuel, a sus trece años, miraba a su padre con los ojos de admiración con los que se mira a un padre, pero también con el conocimiento de todo el camino que los había llevado hasta allí. Había en sus ojos azules algo premonitorio, esa mirada que tienen los toreros y que Manuel, de tanto entrenar con su padre ya ha adquirido.
Para cortar su primera oreja como matador de alternativa, Francisco Expósito había recibido la alternativa de Eugenio de Mora con un toro negro de Antonio Ordóñez, llamado Testarudo. Sabedor como nadie, de que lo estaba observando el toreo navarro y toda su gente, Francisco estuvo en el sitio, sin dejar de templar un muletazo bajo los sones de ‘Pamplona, Feria del Toro’.
A Expósito esa vuelta al ruedo le tuvo que saber a gloria, pero también a confianza. Supo para sí mismo que podía con un toro, que estaba a la altura de su nuevo título y que en toriles le esperaba otro.
Mientras, Eugenio de Mora, curtido en mil batallas, sacaba tandas de mérito con sabor a muchos años en las plazas y se quitaba de en medio un burraco sieso que amargó la merienda y Oliva Soto daba muestras en dos actos de la apatía que da estar de vuelta. Porque casi todo lo que pasó entre el primero y el sexto, fue un tiempo de relleno de una tarde que pasará a la memoria.
Saltó a pista el toro Lirón, un precioso colorado ojo perdiz, que llevaba en sus pitones acaramelados la procedencia Núñez. Expósito no se lo pensó, deplegó el capote y pegó una tanda de verónicas rematada con una media que removieron en su fuero interno a Lalo Moreno que lo contemplaba desde el tendido.
Lo que tantas veces había hecho entrenando, lo que tanto le habían cantado de novillero, se lo acababa de hacer a un toro, con sus rizos y sus puntas. Compás, crujido, pellizco, ahí hubo de todo y la plaza se puso en pie.
Juan Manuel Sangüesa salió rápido al ruedo y le pegó un puyazo preventivo que amoldó al toro, pero que le costó al piquero un derribo porque el toro de la Plata tenía cuatro años y cinco crecidas hierbas.
La faena del triunfo
Con la muleta en la mano, tras brindar a su mujer, Francisco comenzó a romper el guión: se puso en el sitio que quema para torear como nunca.
Cuajó una primera tanda de derechazos que hizo sonar el ‘Puerta Grande’, que en Sangüesa es un himno generacional para los jóvenes de la pandemia y toda la plaza comenzó a corear la faena.
Comenzó a abrochar los derechazos y naturales con fuerza, quietud, temple y verdad en una faena no soñada en un noche de invierno, sino en 25 años de carrera. El tendido de Sol empezó a cantar su nombre de forma musicada, espontáneos, sin condescendencia y Expósito correspondió cargando la suerte cada vez más en el mejor momento de su vida taurina.
Cuando todo ya estaba lanzado y casi toda la pólvora había ardido, el toro pidió la muerte y el de Sarriguren lo supo interpretar.
Cargó la espada, se tiró sobre el toro y dejó una media. La casta del colorado le hizo seguir en pie y Expósito necesitó del descabello, que es una suerte que no puede entrenarse en un frontón.
Saldría Francisco Expósito por la puerta grande entre la algarabía a de los sangüesinos y de su cuadrilla que no podía reprimir la lágrimas.
Con razón lloraba en el primer toro Manuel: había descubierto antes que nadie que su padre no sólo es torero, salta a la vista, sino que es un matador chipé.
Crónica de Mariano Pascal, publicada en Diario de Navarra.









Festejos taurinos Pamplona, S. XIX